
Uno de los cambios fundamentales que estamos experimentando en nuestra sociedad es el progresivo desarrollo de una economía basada en las relaciones. La mayoría de las empresas han entendido que los clientes más rentables son aquellos que perduran en el tiempo y además han detectado que los contactos con su universo de clientes (actuales y potenciales) se han multiplicado espectacularmente durante los últimos años: comentarios, sugerencias, quejas, respuestas, preguntas, dudas... Los anunciantes ahora se relacionan constantemente con sus clientes en forma de mails, llamadas, sms, posts en un blog, opiniones en un foro o comentarios en una red social. De la calidad de esas relaciones depende hoy en día la rentabilidad de las empresas. Las estructuras de comunicación basadas en la bidireccionalidad, es decir, en una comunicación “de ida y vuelta” son las únicas que permiten desenvolverse dentro de esta economía basada en las relaciones. Eso implica profundos cambios en el marketing y en la publicidad. La información que sale de la empresa ya no está controlada al máximo por un reducido equipo de portavoces (directivos, agencias y medios) sino que es patrimonio de un inmenso grupo de personas (clientes, potenciales, contactos, proveedores, empleados, competidores y colaboradores) que conversan libremente en los numerosos espacios de diálogo que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. En esa gigantesca e incontrolable conversación no tienen cabida las viejas fórmulas de publicidad que no estén basadas en la personalización y la participación. Los consumidores ahora tienen la palabra. El B2C ha dado paso al C2C. Y las empresas no pueden permanecer ajenas a esa inmensa conversación donde seguro que están hablando de ellas.


