Cuando el sol dejaba de atizar soberanamente los pueblos de la llanura, él comenzaba a preparar el patio de butacas. El último destello de la puesta de sol que se perdía en el horizonte, como un resorte, hacía que él empezara a desembridar los haces de sillas que la noche anterior había recogido en aquella esquina del recinto y así organizar el patio de butacas. De butacas de madera plegable.
Antes había regado el cemento del recinto que por el día servía de improvisado almacén de todo lo que no tenía tiempo para recoger pero debía recoger antes de que empezase la velada. Además lo regaba. Regaba para refrescar el anfiteatro y que pudiera estar seco para cuando entráramos. También había rellenado las neveras con las barras de hielo y las bebidas que él mismo se encargaría de vender en el insustituible descanso de cada sesión. Todo parecía cronometrado, entrenado, calculado…pero no lo estaba, cada día era diferente.
Los días de verano parecían largos y tediosos pero los niños ignorábamos el tedio y siempre encontrábamos algo que hacer o tramar. Por la mañana en la piscina; después de comer, la siesta, la merienda y a la calle…Y los jueves, sábados y domingos por la noche, el cine de verano.
El cine de verano: cinco pesetas. La cena: un bocadillo envuelto en papel de estraza. El refresco: dos pesetas.
Ese cine de verano. Por el día almacén de todo y que por la noche abría las puertas de nuestros sueños. La pantalla encalada en la pared de la bodega de al lado cuya única irregularidad se estampaba en la nariz del león que rugía antes de presentar al elenco. Esa pantalla pared por donde serpenteaban y posaban, al mismo tiempo que los fotogramas, las inevitables salamanquesas.
Hasta los catorce, John Wayne, Randolph Scott, Alan Ladd…Hasta los veinte, Jane Fonda, Brigitte Bardot, Úrsula Andress…y siempre, siempre ese cine de verano con patio de butacas de madera plegable.
Manuel Villahermosa Gómez
Contact Centre Manager
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